EL MILITANTE DEL MES

Trabajador aplicado, el militante del mes satisface plenamente todas las tareas que se le confían. Con el sudor y la idea fija pegados en la frente, el militante ejecuta con ahínco y sacrificio el modelo de aquello por lo que milita. Como el empleado del mes, es muchas veces el encargado de las actividades más desagradables que asume con altruismo y diligencia, seguro de contribuir con la realización del destino final que lo ocupa. ¿Qué es lo que motoriza esta militancia abnegada?
Una virtud inculcada: el bien general. Esta virtud es el lastre de casi 2000 años de cristianismo y de moral ascética. Para la cúpula –los que digitan la vida del militante-, poco importan la salud, la paga o el uso indiscriminado de su cuerpo y tiempo. Se premia el desinterés y la abnegación dado que son virtudes que permiten un rédito considerado conveniente. Es por eso que su figura representa el modelo de filantropía que todo proyecto (ideológico o empresarial) ansía para sus filas menores. Su virtud es admirada y elogiada legítimamente; se le reconoce el beneficio que el proyecto extrae de su martirio y del uso de sus fuerzas vitales.
Pero en realidad el militante del mes es víctima de una dinámica perversa y lacerante: si bien vive por el interés general, su hidalguía atenta contra su realización personal. Paradojas si las hay. Complaciente frente a las necesidades de la mayoría, el virtuoso militante pone en riesgo su propio placer y su deseo individual en nombre de un proyecto que, por su parte, sólo busca su provecho. El criterio moral aplicado al militante (“sacrifícate”) es contrario a aquel que guía el plan por el cual se milita (“lo importante es el fin, a cualquier precio”). En estos casos, las virtudes funcionan como instrumentos de sujeción moral. Legislan de forma silenciosa nuestras inclinaciones y destituyen nuestros deseos íntimos con el objetivo de transformarnos en animales de sacrificio para la voluntad fantasmal de ideologías espurias. El militante del mes es el ejemplo de la impregnación mística que muchas veces nos obliga a dejar de lado nuestros instintos intrínsecos para dedicar el pulso vital a la consagración de un proyecto extrínseco, impropio. Pero las fuerzas creadores que habitan en cada uno de nosotros se abren paso, tarde o temprano, militando por ser escuchadas con la misma virulencia con la que fueron silenciadas.
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