OBSERVACIÓN DE NUESTROS POLÍTICOS, UNA APROXIMACIÓN AL PENSAMIENTO DE VANGUARDIA
galería 5330 - Chancho Vidal - CC
Cuando uno carece de palabras, jerarquía o, como en mi caso, de obra, cita. Citar, o subirse a hombros de gigantes (lo cual, desde ya es una velada cita) resulta tanto un atajo para remitir a la sustancia dicha por otros más sabios, como una evidente intención de establecer una forzada asociación del propio ser con el sujeto, héroe o leyenda a los que se ha citado. En mi caso, y debido al positivismo imperante en mi pensar objetivo, sólo diré que cito en nombre de la ciencia. Por cierto, no cualquier ciencia dura, fría e inerte, sino, más bien y mejor, en nombre de las Ciencias Sociales; aquellas que describen con suma veracidad los hechos que componen el sistema social que habitamos.
Dicho lo dicho, comencemos la digresión y las referencias.
¿Cuantas veces uno oyó afirmar (y osó decir) que todo tiene que ver con todo? Efectivamente, muchas. Esa máxima popular suele ser veraz. En realidad, siempre lo es. Aunque, claro, no siempre lo percibimos o estamos en condiciones de explicar cómo es que se da tal o cual relación entre tal o cual cosa (un ciempiés) con tal o cual otra (el tañido de una campana en la Alta Edad Media). Por eso digo, certero, que la existencia de leyes universales, que están y son, siendo o no percibidas, sólo es celebrada por aquellos que, como yo, poseen el mérito de verlas.
Verán cómo ver. De hecho, en su grata obra Días de ocio en la Patagonia, William H. Hudson, nos refiere lo siguiente:”Quizá los colores no fueran más fuertes que los de muchos arco iris que antes había visto; pero el contraste con el gris universal de la tierra y del cielo, en aquel invierno gris y en esa región donde el panorama es tan pobre en matices, hacía resaltar poderosamente su hermosura. Dice Bacon que agrada más a los ojos un bordado de hilos brillantes sobre un fondo oscuro. En efecto, lo comprobamos observando el magnífico arco verde y violeta sobre el inmenso telón gris pizarra. Es que la Naturaleza es demasiado sabia “para debilitar el agradable instante de placeres poco frecuentes“.
A veces, uno, conspirador por naturaleza (humana), llega a suponer, o al menos, juega con la eventualidad de que la desidia, la codicia, la ignominia, la ignorancia y sumarios epítetos dañinos que no necesariamente terminan igual (como la llana maldad), habitan las almas de hombres que, de tan superados por los hechos, la vida, la existencia o la angustiosa realidad del futuro morir, eligen para sí una extrema forma de vida hedonista como forma de auto-conservación en un mundo que, por sí sólo (es decir, por sola acción del tiempo), o por cuestiones ajenas, como el diente de león, está destinado a la destrucción. Supone, por ejemplo y para singularizar esa generalidad, que algunos preclaros integrantes de la clase política, angustiados por la certeza que la Historia, la suya, la de su familia, es la del mundo; tiempo que se repite con ínfimas sutilezas caras a sus protagonistas y olvidadas por la actualidad y la memoria subsiguientes; piensan, supongo, que todo, a grandes rasgos, volviendo a suceder, vuelve a morir. Los actores, gozantes y sufrientes, adquieren en este hoy de naturaleza deshojada su condición de protagonistas. Hasta la muerte, velada por el nacimiento de que quien pudiera, antes de hacer lo suyo, casi igual a lo de los demás, engendrar otro exponente del consabido círculo biológico, romántico y fatal de la vida humana. Uno supone, decía, desprolijo por no acabar la frase, que dentro de la clase política existen aquellos que influidos por lecturas, sabios interlocutores o la gracia divina, hallan tan fatídica regularidad en el paso del tiempo que, decepcionados, optan por propinarse, aún con recursos ajenos, placeres. Para así, y sólo de ese modo, pues son de corazón sensible, olvidar la pena, insoportable, estimo, de saber que la guerra, la miseria y el odio, a pesar de sus buenas intenciones, pasará, irremediablemente por sus vidas; como pasa un alud sobre el gallinero, el jardín y el pequeño hijo de un campesino en el norte de Argentina.
Pareciera, y soy barroco al redundar, que lo que ya dijo el antiguo Epicteto sobre que “los dioses han creado a los hombres para que sean felices; luego, si son desgraciados, es por su propia culpa” puede ser útil para describir la filosofía del vivir nuestros políticos. Aunque, claro está, nobleza obliga resaltar que sus pensares puedan ser más refinados y acordes a la modernidad de su formación académico-espiritual. O, lo que es lo mismo, que este mero descriptor no se halle a la altura de las novedades de las revistas del pensamiento y, lo que es muy cierto, es que este especulador no conoce la intensidad de las alturas a las que aquellos alcanzan en sus sublimes introspecciones.
Ahora bien, y en coherencia con lo que, estimo, puede ocupar el raciocinio de la clase dirigente a una pregunta similar a “¿cómo quitar de nuestra mente enfangada el trágico paso del lodazal?“, esbozo lo que sería una adecuada respuesta: gozando de la vida; olvidando todo lo que, bueno o malo, no dependa de nosotros.
Para graficar un poco, y en procurar de quitarle el telón antepuesto por mis impedimentos lingüísticos sobre el espectáculo del raciocinio de la clase dirigente, recurriré a cierto autor contemporáneo para fundamentar, humilde, la hipótesis de esta disquisición sobre lo que piensan tales prohombres, la utilidad del arte y, claro está (en efecto, quizá lo único claro en esta redacción) la eterna búsqueda de una respuesta a la pregunta por el sentido de la vida.
Me refiero a Witold Gombrowicz, quien, diciéndose atormentado por cuestiones de importancia similar, se pregunta: “¿Por qué no me gusta la poesía pura? ¿Por qué? ¿No será por las mismas razones por las que no me gusta el azúcar en estado puro? El azúcar sirve para endulzar el café y no para comerlo a cucharadas de un plato como natillas. En la poesía pura, versificada, el exceso cansa: el exceso de palabras poéticas, el exceso de metáforas, el exceso de sublimación, el exceso, por fin, de la condensación y de la depuración de todo elemento antipoético, lo cual hace que los versos se parezcan a un producto químico“. Manteniendo el espíritu de lo citado, comprenderá que probablemente aquellos dirigentes que “gozan” no sólo lo hacen por, por caso, la velocidad que alcanza un auto alemán, las caricias de una meretriz o el sabor del huevo de beluga. Seguramente, aderecen esos placeres con la certeza de que a pocas cuadras habrá gente comiendo basura, sosteniendo la mano de un amor tuberculoso o surcando la escarcha del suburbio con su bicicleta en llanta.
Hará cosa de un mes, hojeando un libro, supe que la fastuosa sede del Yacht Club de Buenos Aires expresaba el auge del Art Nouveau en esa, la otrora gema del Sur.
Uno se imagina la impresión de esos descendientes de la vieja Europa expulsora al observar, desde la costa (hoy autopista), esa especie de templo a la modernidad que en simultáneo exhibe el misticismo del castillo y los recursos de la ingeniería, posando sobre tierra ganada al río.
Una semana más tarde, viajando en tren desde Retiro a Zona Norte, poco original, me vi impelido por cierto paisaje a pensar en aquél asunto llamado pobreza; a la vera de las vías, centenas de viviendas miserables; hacinamiento. Pensaba, miraba. Esa parte de la realidad no necesitaba dar mensaje alguno para ser, en lo posible, comprendida.
De pronto, de detrás de aquellas versiones posmodernas -muestras de los recursos artísticos del neoliberalismo- de las chozas de los pueblos originarios, surgió la cúpula redondeada del magnifico edificio referido (más no probamente descrito); desde esos rieles, antes también agreste playa, aún es posible apreciar la opulencia de un país que ya no es.
Para hacerlo, debe uno observar por sobre la miseria, casi ignorarla; convertirla en un simple cúmulo de chatarra, cartón y cemento; mirar un poco más arriba. Literalmente.
Uno conoce, como el lector, esas teorías antes citadas, más otras semejantes de índole heraclítea de que, a veces, las virtudes de las cosas pueden ser distinguidas, y aún explicadas desde la tensión entre ella y sus contrarios. Si bien este tipo de razonamientos, más por milenarios que por poco atractivos, resultan un tanto pedestres, creo que aún revisten utilidad. Cosa, de hecho, no siempre hallable en la especulación filosófica. Pero, en este caso, no pienso recurrir de modo directo a sus recursos; creo que para apreciar la belleza arquitectónica del recuerdo de una nación anterior, quizá más justa, sin duda más bella, no es necesario interponerle al observador una villa miseria. Por eso, solo lo menciono por arriba. Por arriba de las líneas finales.
Más allá de lo puramente estético, uno se permite sospechar que a los políticos no les interesa aquel tipo de belleza semejante a la dignidad. Todo lo contrario.
5 comentarios
la belleza de nuestra triste posmodernidad está en este tipo de pensares… haremos lo nuestro para cambiar lo malo.
Tenes una gran virtud, la de interesar con tu modo de escribir a personas que no piensan como vos. Leí el texto con gran atención no porque coincida lo que dices, y sabes que no es así, sino porque me gusta como escribís. Tenes un don no lo dejes pasar. Saludos al escritor, nos conocemos de alguna charla…
El pensamiento (primero social y luego político) de este autor, proviene de una contemplación del todo humana y sabia. El perfil que necesita hoy el vanguardismo pragmático argentino, se evidencia en las palabras de este texto. Esta es la finalidad de la filosofia. Celebro el compromiso y la difusión de este autor.
Muy bueno Tom. Todos tenemos que hacer que las cosas sean mas parecidas a lo que soñamos, por eso tenemos despertarnos y despertar al resto, tenemos que denunciar y decir acá no, esto es nuestro e impedir que nadie nos lo vede; por último reconstruir lo que se haya demolido y hacer realidad lo que no es más que futuro deseado. Seguí, que seguir es aclarar que estamos, que somos.
Abrazo.
Leí el artículo de este articulista amigo. Bien escrito. Muy bien escrito.
Solo dos apuntalamientos:
1) Incurrís en lo mismo que hemos discutido 247 veces: los políticos son presentados por vos como seres extraños, de halitos extraterrestres o fantasmas lunares. Y no es así gaucho.
2) Al hacer esto, le quitas a la política toda capacidad transformadora. Pues sus hacedores son corruptos, tuertos, malvados gozadores de crueles contrastes o hedióndos hedonistas. Y tampoco es así gaucho.
Nuevamente muy bien escrito, Tomi.
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