UN SÁBADO PARA GUS

György Pálfi, Taxidermia (2006)
Aquella tarde salió en búsqueda de una mirada. Un gesto habría sido suficiente, algún espejismo al menos… Algo que le diera a entender que no estaba solo. Durante los días hábiles, siempre le costó abandonar el calor y la seguridad de la rutina, pero ese sábado gris de julio le sugirió que, de encontrar esa mirada, el contexto material debería ser más o menos como el de aquel 14.
Recordó que lo mas importante en “situación de conquista”, de acuerdo a lo que le había enseñado su abuelo materno, era tener el cuello limpio, por lo que, antes de salir, se lo enjuagó con abundante agua y sal. Por casualidad (o no) encontró en un cajón, mientras buscaba el par de medias que combinara con su bufanda, un perfume cotizado que le había dejado su último cumpleaños. Lo tomó como un buen presagio de sus esperanzas vespertinas y como un complemento ideal para el único consejo heredado que sabía conservar.
Pensó en la posibilidad de que aquel esperado encuentro le hiciera recalar en alguna confitería, y previendo que el café le secaría la garganta y la boca, bebió mucha soda.
Iba a lavarse los dientes, pero se sabía seductor con el humo del cigarrillo, cosa con la que no podría jugar de tener la boca con sabor mentolado, la combinación de nicotina con menta le provocaba cólicos. Finalmente, se lavó sin dentífrico.
Se calzó el sobretodo inglés que había descubierto en esa vieja feria americana y que lo hacía sentirse astuto por haber pagado algunos pesos algo cuyo valor era incalculable, y salió al su encuentro.
El viento y la leve garúa que caía sobre la ciudad le permitían justificarse ese gesto de ceño fruncido que su primer amor le elogiaba y con el que se sentía sofisticado y un poco ermitaño.
-¿No me convidarías fuego? pregunto tímidamente al primer transeúnte que cruzó.
Su pregunta le pareció derrotista; ¿porqué habría de empezar la pregunta con un “no”?
Descartó el cigarrillo y al siguiente fumador de la eterna avenida le dijo:
-¿Tenés fuego?
Algo le sugirió que su manera de preguntar reflejaba su forma de ser: él era alguien que negaba sus necesidades o que las anunciaba implícitamente, como al pasar.
Sintió que las señales de aquel día le dieron impulso para suponer que a partir de ese momento podría cambiar todo aquello que tanto odiaba de sí mismo. Ésta era, después de todo, una de sus necesidades.
-¿Podrías prestarme el encendedor ya que lo necesito para prender el cigarrillo que quiero fumar?
Tal vez depositó muchas esperanzas en su apertura emocional. Su último interlocutor, sorprendido por una pregunta tan “espontánea” y honesta, le devolvió una mirada inesperada. Creyó que el problema era que estaba esperando demasiado.
Su esperanza, don divino de la naturaleza, se transformó inmediatamente en compensación o atemperamiento de lo que empezaba a pesar cada vez mas como un sentimiento de angustia y vacío. Su mal aliento contrastaba con el perfume y eso no ayudaba. De pronto recordó donde había guardado las benditas medias que estaba buscando.
Aquel sábado termino en Domingo a la mañana, fulminado por el reflejo televisivo de una licuadora multi-uso, de fácil limpieza, que venían promocionando hace cerca de tres horas una pareja de actores de tercera línea con el fondo de alguna playa en Florida.
Finalmente agradeció que aquel don divino, mientras cerraba los ojos (o justamente por eso), le repetía que tal vez el Lunes, o el Martes, o el Sábado siguiente sería el primer día del comienzo de su vida…
A Gus Halvatie
2 comentarios
Muy bueno. Me mató la foto. Saludos a Gus y al autor!
Gracias querido!!! Y no te olvides: “la puta que vale la pensa estar vivo!!!”
Dejá tu comentario