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VASILY GROSSMAN: EL MAYOR CRONISTA DE GUERRA - 2DA ENTREGA - Y LA CRÓNICA MÁS TRISTE DE LA HISTORIA

La Barbarie

A mediados de 1944, el Ejército Rojo entra en Polonia y libera el Campo de Exterminio de Treblinka, donde tan solo 25 SS y 100 guardias ucranianos habían logrado asesinar a casi un millón de personas, la mayoría judías. A Grossman se le permitió conocer el lugar – quedaban cuarenta prisioneros cuando el Primer Frente Bielorruso descubrió Treblinka – para escribir la que es probablemente la crónica periodística más desgarradora de la historia.

Es  una nota de varias páginas titulada “El Infierno de Treblinka” que fue citada como documento probatorio fundamental en el juicio de Nuremberg.

Unos párrafos en donde Grossman describe qué sucedía en el “Paseo sin Retorno”, el pasillo que llevaba a la gente a la cámara de gas:

“Los alemanes llamaban a ese callejón “El Paseo sin Retorno”. Un hombre flaco que no dejaba de hacer muecas y cuyo apellido era Sujomil, gritaba en un alemán deliberadamente tosco: ¡Chico, chicos! Schneller! Schneller! ¡El agua del baño se está enfriando! Y estallaba en carcajadas, se encogía y bailaba. La gente, con las manos en alto, caminaba en silencio entre las dos líneas de guardias, que los golpeaban con bastones, con las culatas de los fusiles, o con porras de caucho. Los niños tenían que mantenerse a la par con los adultos. Al hablar de esa última y truculenta fase, todos los testigos mencionaban las atrocidades de una criatura con aspecto humano, un SS llamado Zepf. Se especializaba en matar niños. Esa bestia, que poseía una enorme fuerza física, sacaba de repente a un niño de la multitud y le golpeaba la cabeza contra el piso agitándolo como un badajo o lo hacía pedazos. La tarea de Zepf era importante. Incrementaba la conmoción psíquica de la gente condenada y mostraba como la crueldad ilógica podía aplastar la voluntad y la conciencia de la gente. Era un engranaje útil en la gran máquina del Estado Fascista.

Las historias de los muertos vivientes de Treblinka, que hasta el último momento mantenían no sólo el aspecto humano sino también el alma humana, lo conmueven a uno en el fondo de su corazón y quitan el sueño. Historias de mujeres que trataban de salvar a sus hijos llevando a cabo hazañas portentosas pero inútiles, de jóvenes madres que ocultaban a sus bebés entre montones de mantas. Oí historias de nenas de diez años que consolaban a sus sollozantes padres con una sabiduría celestial, de un chico que gritaba al entrar a la cámara de gas: ¡Rusia nos vengara! ¡Mamá, no llores!

Me hablaron también de decenas de personas condenadas que pretendieron luchar, de un joven que apuñalo a un oficial SS con un cuchillo, o de otro, al que habían traído desde el gueto de Varsovia, que había conseguido milagrosamente ocultar una granada y se la arrojó al grupo de verdugos cuando ya estaba desnudo. Nos contaron la batalla de un grupo de rebeldes y guardias SS que duró toda la noche. Cuando salio el sol, toda la plaza estaba cubierta con los cuerpos de los rebeldes muertos. Me hablaron de una alta muchacha que le arrebató la carabina a un guardia en el Paseo sin Retorno y le disparó. Las torturas y la ejecución a la que la sometieron fueron terribles. Su nombre nos es desconocido y nadie puede ofrecerle el respeto que merece.

Los habitantes del pueblecito de Wolka, el más cercano a Treblinka, cuentan que a veces los gritos de las mujeres asesinadas eran tan espantosos que todo el pueblo perdía la cabeza y corría hacia el bosque para escapar a esos chillidos agudos que atravesaban los troncos de árboles, el cielo y la tierra”.

(Del libro “UN ESCRITOR EN GUERRA” de Anthony Beevor – Editorial Crítica de Barcelona-)

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