VASILY GROSSMAN: EL MAYOR CRONISTA DE GUERRA

Vasily Grossman fue el más importante de los cronistas soviéticos durante la segunda guerra mundial. Ucraniano de familia judía, sus notas en el diario del Ejército Rojo – el Estrella Roja – eran tan esperadas por sus soldados compatriotas en el frente como las cartas de familiares. Grossman sabía captar como nadie el drama de la guerra, con su carga imposible de dolor pero también con su dimensión épica. Porque era una pluma de impacto y porque no escribía en la retaguardia, seguro a cien kilómetros de la batalla. Lo hacía prácticamente esquivando balas nazis, rodeado de heridos, corriendo con los soldados a donde prosiguiera el ataque o la huida.
Lo hacía con los Frontovikis que eran los primeros del frente, los que veían a los ojos a los combatientes de la Wehrmacht, los que por ejemplo, en Stalingrado, tenían más chances de morir en las próximas horas que de seguir vivos. Grossman inició sus tareas de cronista con el tristísimo avance de los nazis en territorio ruso, hasta llegar a menos de cien kilómetros de Moscú. Escapando de pueblo en pueblo, salvándose a veces por minutos de no caer en manos alemanas, lo cual por su condición de judío, hubiera significado un fusilamiento inmediato o alguna salvajada peor de esas que el sadismo nazi dio cátedra. Una vez lo mandaron al frente de la capital soviética. Después de una hora de auto, un soldado ruso se paró en medio de la ruta haciéndoles señas, cuando le preguntaron qué pasaba les advirtió que él era el último hombre de la Unión Soviética, que más adelante era territorio del Tercer Reich. “Estuve a quince minutos de terminar mi carrera periodística” dijo Grossman.
Su trabajo duró hasta que los últimos nacionalistas alemanes se rindieron en el zoológico de Berlín, poco después del suicidio de Hitler. Por ser tan respetado y popular entre las tropas soviéticas, fue uno de los contados intelectuales a los que se les permitió criticar (no con toda la furia, claro) a Stalin y también no respetar esa bajada de línea en las redacciones rusas, que ordenaba que no se podía hablar de los judíos como víctimas especiales, porque todas eran víctimas soviéticas, y no había qué hacer distinciones.
Grossman describió lo terrible que fue la ocupación nazi en las regiones que iba descubriendo, horrorizado, a medida que el Ejército Rojo liberaba su patria. Pero se dio cuenta rápido que nadie había sufrido tanto como los judíos, exterminados. Me dedico al periodismo y leyendo a Grossman, todo lo que hago, o lo que hacen mis colegas, parece banal. Las notas y apuntes de Grossman fueron fundamentales en los juicios de Nuremberg. Tuvo también la terrible responsabilidad de ser el primer cronista en describir el campo de exterminio de Treblinka.
Unos párrafos de Grossman en los que retrata con genialidad lo que realmente fue el Holocausto en los pueblos y ciudades rusas y ucranianas. Decir que murieron los judíos es poco, casi nada. Los judíos eran toda una humanidad, toda una diversidad, toda una historia, cada vida excedía por mucho al grupo de pertenencia.
“Han muerto ancianos y ancianas, así como artesanos y profesionales; sastres, zapateros, lampistas, joyeros, pintores, ferreteros, encuadernadores, obreros, transportistas y comerciantes, carpinteros, ebanistas, aguadores, molineros, panaderos y cocineros; también han muerto los médicos, dentistas, cirujanos, ginecólogos, científicos – bacteriólogos, bioquímicos, directores de clínicas universitarias – profesores de historia, álgebra, trigonometría, han muerto profesores, ayudantes, doctores, ingenieros y arquitectos. Han muerto agrónomos, inspectores, contable, oficinistas, tenderos, agentes comerciales, secretarias, vigilantes nocturnos. Han muerto los maestros, las abuelas que tejían calcetines y cocinaban sabrosos bizcochos, caldo y pasteles de manzanas y nueces; las mujeres fieles a sus maridos y las frívolas, y también las chicas guapas, las estudiantes aplicadas y las alegres escolares, han muerto las chicas feas y tontas, las mujeres con corazonadas, los cantantes, los ciegos y los sordomudos, los violinistas y los pianistas, los niños de dos y tres años, los ancianos y las ancianas de ochenta años con cataratas en los ojos turbios, con dedos fríos y transparentes en cuyo cabello susurraba quedamente como papel blanco, han muerto los recién nacidos lactando ávidamente del pecho de su madre hasta el último minuto.
Esto era diferente de la muerte de gente en la guerra, con armas en la mano, la muerte de gente que había dejado atrás sus hogares, familias, campos, canciones, tradiciones e historias. Fue el asesinato de una gran experiencia profesional, transmitida de una generación a otra en miles de familias de artesanos e intelectuales. Fue el asesinato de tradiciones cotidianas que los abuelos habían transmitido a sus nietos, el asesinato de la memoria, de canciones melancólicas, de la poesía popular, de la vida, feliz y amarga, fue la destrucción de corazones y cementerios, la muerte de la nación que había vivido junto a los ucranianos durante cientos de años”
2 comentarios
No lo conocía. SE me puSo la piel de gallinaaaa, es muy triste señores
[...] guardias ucranianos habían logrado asesinar a casi un millón de personas, la mayoría judías. A Grossman se le permitió conocer el lugar – quedaban cuarenta prisioneros cuando el Primer Frente [...]
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