DEMOCRACIA Y BURROCRACIA

(Las Veladas sobre el autor: Santiago Herrera se recibió de abogado por la Universidad de Buenos Aires, y trabaja en un importante estudio de la city porteña. También es aficionado a la filosofía y la literatura.)
Carlos S. Nino dice que “(…) el sistema democrático de discusión colectiva y decisión mayoritaria es más confiable que cualquier otro procedimiento para tomar decisiones colectivas y alcanzar soluciones moralmente correctas.” Lo primero que tenemos que analizar es el calificativo que privilegia al sistema democrático de discusión colectiva y decisión mayoritaria (o simplemente “sistema democrático”) por sobre cualquier otro.
Confiable es la palabra clave. Confiable es un adjetivo que evidentemente refiere a la confianza, a la capacidad de confiar en algo. Ese algo en el que se confía puede asumir distintas formas: se confía en la palabra del otro, en la conducta del otro, en la ley de la gravedad, en un resultado deportivo (positivo tanto como negativo porque también se tiene confianza en la derrota absoluta e irremediable de un equipo a manos del otro), pero siempre habla de previsibilidad, habla de algo esperado. Entonces lo que dice Nino es que puede esperarse en mayor medida del sistema democrático (por sobre otros sistemas) el arribo a decisiones moralmente correctas en lo que hace a las decisiones colectivas.
Ahora toca el turno a las decisiones colectivas. Suponemos que por decisiones colectivas entendemos decisiones que afecten a más de un individuo, en general a una colectividad, de manera directa. Casi todas las decisiones que se toman tienen repercusiones en quienes nos rodean excepto por el caso Robinson Crusoe quien, como todos sabemos, concentra la calidad de mandante y mandatario, emperador y súbdito, y en es en esta curiosa calidad que toma decisiones políticas que sólo lo afectan a él.
Agrega luego el autor a la frase que motiva la presente que las leyes resultantes del proceso de deliberación democrático gozan entonces de la presunción de validez moral. Ningún procedimiento posible, por más formal, intrincado y burrocrático y colectivo e interdisciplinario que sea, puede asegurar mayor o menor validez moral. La moralidad de una decisión no depende en ninguna medida del procedimiento deliberativo que se utilice. Intuición, mímesis, razonamiento, erudición, absurdo, estadística, espontaneidad, son algunas de las maneras por las que podemos tomar decisiones. Pero ninguna de todas ellas ni todas en conjunto tienen manera de garantizar la moralidad de la decisión ni garantizar una mayor probabilidad de validez moral de la decisión, entonces ¿por qué necesitamos mayorías y grandes y extensos debates en grandes y costosos recintos y tanto circo y acrobacias de argumentos? No es un interrogante que insinúa una respuesta o crítica, sino un verdadero interrogante, ¿por qué necesitamos todo ese desarrollo y esfuerzo para creer que hemos tomado una mejor decisión?
Desde el principio, la idea de la moral es una idea vaga y cambiante de imposible cristalización. En el demasiado-conectado mundo moderno, las diferencias culturales y morales se hacen cada vez más notorias. Eventualmente, el intercambio cultural y moral puede provocar una cultura-moral ecléctica sintética que mezcle-fusione las distintas culturas acercando al hombre a una pan-moral. Pero también puede provocar lo inverso: un recrudecimiento de los caracteres diferenciadores de cada cultura y moral, una más firme y exagerada postura exclusivista de cada cultura intentando defender su territorio y valores.
Lo que seguramente podemos decir, siguiendo la más elemental lógica que los niños en los colegios utilizan, es que cuántas más partes de los afectados por la decisión involucre, mayor “legitimidad” tendrá esa decisión, menos podrás ir en contra de acatar la decisión; no como producto de un mágico proceso de inteligibilidad de lo “correcto” sino por el más elemental principio de coherencia, no contradicción y teoría de los actos propios. Lo que importa en la decisión colectiva no es que muchos debatan y discurran, sino que muchos de los afectados por la decisión lo hagan. Imaginen una decisión que afectaría a un grupo de veinte personas para la cual deliberan quinientas entre quienes no se incluye ninguno (o sólo algunos) de los afectados. Muchos estarían deliberando, habría mucho diálogo y debate y argumentos, pero eso no genera la ilusión de la decisión correcta. Lo que genera la ilusión de la decisión correcta es el “principio de la mayoría de los afectados” que en el Congreso se cumpliría porque los congresistas deberían ser representantes del pueblo en lugar de descerebrados autómatas partidarios que responden a intereses sectoriales o políticos que en muchos casos ni siquiera comprenden.
Conclusión: si el Congreso no fuera una reunión de espectros sin voluntad y los debates simulaciones baratas de diálogo, si la política partidaria no hubiera lobotomizado a los representantes del pueblo y a la democracia, en este caso las decisiones del Congreso serían decisiones válidas desde la perspectiva moral conforme al principio de la mayoría de los afectados y el tan profundamente arraigado principio de coherencia y no contradicción.
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