ACTUALIDAD, PENSAMIENTO, CELEBRACIÓN y DEBATE

LA GUERRA DEL AUDIO

Old headphones

(Las Veladas sobre la autora: Yamila Trautman estudió Ciencias de la Comunicación y se desempeña como periodista -digital y no tanto-)

Escena uno. Suena: “Todo comenzó, algún tiempo atrás en la isla del so-oo-l”. Uff. Perdón. Es que, justo, todo comenzó algún tiempo atrás con este tema y -porque mis gustos musicales son amplios pero no soy masoquista- no lo estaba escuchando precisamente por voluntad propia. Viajaba en el 93, como todos los días de aquella época hacia el trabajo y empezó a sonar dentro del colectivo… sin provenir de la radio del chofer. Entiendo que, planteada así, la cuestión “atrasa”, pero hasta ese momento nunca me había sucedido: los reproductores de mp3 funcionaban como tales y los celulares se usaban para hablar y, de vez en cuando, obligar al mundo -bueno, al micro mundo transportado- a conocer tus más íntimas intimidades. Ahora algo había cambiado en la forma, no en el consumo en sí. Fue la muerte momentánea del auricular. Adiós consumo musical privado; hola dictadura de los miniparlantes low-fi. Y así, de la peor manera posible, me enteré de que la cosa estaba mutando. Y sufrí. Pero respiré profundo y pude superarlo recurriendo a mis propios auriculares y al metal a máximo volumen.

Escena dos, sin embargo, fue un poco más traumática. Tres policías que viajaban parados (habrán notado que ellos no sólo no pagan sino que tampoco se sientan) jugaban a mostrarse un tema tras otro con sus respectivos aparatos. Sonaron: “Bastará” de Los Cafres, “Jammin´” de Bob Marley y “Tu gatita” de La Factoría. Genial, la cuestión estaba “legalizada” o estaba siendo legitimada por “la ley”. Intentaba leer, para colmo. Mis viajes (45 minutos, tediosos, rutinarios, vuelteros y siempre calurosos) habían dejado de ser lo que eran. Esa misma semana tuve otro episodio, la escena tres que en su momento relaté con mucho odio acá. Leía El gran Gatsby en el asiento del fondo. Dos adolescentes (femenino y femenino) se sentaron a mi lado y sacaron su dispositivo polifónico para escuchar e imponer reggaeton. Esta vez las enfrenté en una batalla de lo que denominé “la guerra del audio”. Perdí; a ellas no les interesaba en absoluto lo que yo las obligaba a escuchar -de Pixies a Los Redondos- y yo me quedé sin lectura y con el sabor más amargo descendiendo por mi esófago. Ahí llegaron todas las preguntas. Primero: ¿por qué? ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cuál es la (o una vaga) explicación psico-socio-semiótica de este fenómeno? ¿Tiene alguna explicación? Segundo y más importante: ¿Qué hacer? ¿Cómo combatir un mal tácitamente aceptado? ¿Nos resignamos a que crezca?

Bueno, esto pasó hace rato ya. El fenómeno no creció pero su fantasma sigue deambulando por trenes y colectivos, quizás algún que otro micro de larga distancia. Yo me mudé para ir caminando a trabajar y no tolerarlo nunca más. Sin embargo, hay gente que lo sigue padeciendo y se queda callada. Para y por ellos, me obligo a tratar de dilucidar el misterio. Está claro que vivimos un período altamente regido por el binomio exhibicionismo-voyeurismo. Los conceptos de público y privado se desdibujaron, pasando a significar más o menos lo mismo. Desde las nuevas tecnologías de la comunicación virtual es muy fácil verlo: las redes sociales como Facebook o Twitter (estoy en ambas) están hechas para alimentar ambas partes del binomio, generalmente condensado en una única persona. El placer mórbido de contarles (o mostrarles) a todos qué estás haciendo o pensando se suma a la perversión del mirón. Los términos “pasivo” y “activo”, como los entendía Freud también se aplican. Se mira pero no se toca, diría yo. La alimentación de esta patología intrínseca del humanoide tipo sucede minuto a minuto: la bola de la pulsión crece sin parar y nosotros dejamos que en su camino arrastre todos nuestros principios, si es que aún nos quedaba alguno. Nos resignamos, nos gana por cansancio. ¿O me van a decir que se hicieron un perfil de Facebook por voluntad propia? ¿Qué no intentaron renegar hasta que terminaron cediendo ante la presión social? Más allá de las razones, de la necesidad o no, la cosa existe, es real.* Nos mostramos y nos gusta. Somos gracias y a través del exhibicionismo. Acá tenemos un punto: mostrar “qué estás escuchando ahora” también es parte de esto mismo pero sin el componente virtual. Escucho Daddy Yankee y quiero que lo sepan todos. Me vendo, construyo la imagen de mí que quiero que vean en el bondi, me expongo a la mirada del voyeur onanista que aunque no lo veamos, siempre está. Planteado de esta manera, parece bastante justo que esta sea la tendencia. Todos muestran en todos lados y si te molesta… jodete, no sos parte. Ahora bien, en Internet vos elegís mirar o dejar ver, en tu casa vos podés cerrar los ojos cuando tu vecino de enfrente sale completamente desnudo de la ducha y se apoya en la ventana. Pero, como dijo un semiótico hablando de otra cosa: el oído no se cierra, amigos. La dictadura del audio es irrevocable a no ser que lleves un par de auriculares siempre encima y con el riesgo de que no te garanticen un total aislamiento. Sin posibilidad de elección, el voyeurismo carece de sentido: yo quiero, debo, elegir qué pispear. Entonces esto no está bien, las leyes de la convivencia no se pueden aplicar a un fenómeno que no está siendo condescendiente con el libre albedrío, a pesar de que se justifique en él. La pregunta leninista vuelve a nosotros y exige una respuesta o la total resignación. Muchos ya están optando por la segunda. Yo me inclino más por convertir la náusea en libertad trazando un plan de acción. Y cuanto más belicoso sea, mejor.

*Véase The Invention of Lying para comprender cómo, de todas maneras, algo tan imperioso como es la exhibición para el contacto interpersonal (aunque en este caso es la mentira) se hubiera inventado en un mundo que originalmente careciera de ella.

11 comentarios

1 hernan { 01.19.10 at 14:31 }

Comparto, hay que hacer algo y urgente! Porque vos tuviste suerte con uno que escuchaba Pixies, pero lo que abunda es la cumbia y de la peorcita. No nos quedan opciones de viaje. O la cumbia en el colectivo o la oda a los militares en el taxi. Y mas allá de la música que elige cada uno oir, a todos los une la misma pasión por el random. Escuchan medio tema y saltan a otro todo el tiempo! Cosa que si eventualmente la elección del compañero de viaje musicalizado coincide con nuestro estado de ánimo, la buena onda no dura más de medio minuto. Repito, comparto en que hay que hacer algo, pero lo veo como causa perdida. Todavía viaja gente fumando y la prédica lleva años….

2 Facundo Lozano { 01.19.10 at 19:38 }

No sé si comparto o no comparto. Pero me encantó el texto, me parece que lejos de tratar sobre la nada, habla de muchas cosas y me copa cuando arranco a leer algo y me caza de la nariz para que lo termine de leer. Beso.

3 Flor { 01.19.10 at 19:46 }

Adoré tu nota Yamila. Gracias a las Veladas por este material y también por la de cHILE Que está Bien.

4 Axe { 01.19.10 at 20:17 }

Odio cuando los cabezones me imponen su cumbia y sus gritos. ni que yo les impusiera a la musica clasica y la lectura!!!

5 J. { 01.19.10 at 20:49 }

No me queda clara la naturaleza del problema. ¿Está en la imposición o en el objeto impuesto? ¿Hay algún tipo de continuidad entre el cabeza que te atormenta a reggetones y el salame que te obliga a verlo leer Hamlet? O sea, ¿es algún tipo de relación social, en tanto conducta con sentido referido, o es simplemente un acto de mecagoenelrestodelmundo?
Si es una relación social con ansiedad por el efecto, habrá que cagarse a palos por imponer el sonido propio. Pero si es una acción que no reconoce un otro, ahí estamos mucho más jodidos: Tendremos que crear una relación, y recién ahí cagarnos a palos.

6 Axe { 01.20.10 at 10:39 }

El problema está un poco menos en la imposición y más en lo impuesto. Reconozco que si me impusieran RATM o algo menos cabeza lo toleraría mejor, y hasta podría llegar a disfrutarlo!!!
La continuiidad entre el cabeza cumbiero y el salame alfabetizador está dada por la imposición, que es un acto de cagarse en el restod el mundo, en este caso porque soy humildeymiresenitmientomedaderechoatodomáscuandoescontraestosrubiectoscareta. La relación está dada por el común uso de tranposrtes públicos. Apartheid sonoro ya!

7 Yamila Trautman { 01.20.10 at 18:12 }

Gracias a todos por los comentarios buena onda. No sé si se puede trazar un plan de contra-ataque y, si lo supiera, no lo impondría (o intentaría imponerlo pero sin resultados, claro está). El problema, sin dudas, no está en el objeto: también me molestaría escuchar a RATM si no estoy en el humor y en el sitio -mental- adecuado para hacerlo; si te lo imponen, deja de ser placentero, no?

8 B { 02.09.10 at 19:23 }

por favor, intentemos evitar terminos como “cabezas” “cabezones”, no estan buenos…

9 Axe { 02.09.10 at 20:47 }

intentaré, pero que ellos dejen la palabra “chetos” de lado

10 Pablo { 02.09.10 at 21:46 }

¿Ey, odio retórico (y mutuo) de clases en Las Veladas?

11 juegos de guerra { 03.01.10 at 18:29 }

El problema está un poco menos en la imposición y más en lo impuesto.

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