LA IDEA DE AUTORIDAD

En el marco del conflicto por la “ley de medios” hemos sido víctimas de un combate ideológico entre dos frentes claramente delimitados: el gobierno y los medios de comunicación.
De acuerdo con Clausewitz , la guerra es “la continuación de la política por otros medios”. Ahora bien, si la política es la actividad de gobernar, la guerra es el resultado de la falta de una única autoridad en un territorio determinado. Es por esto que, en tiempos donde las acusaciones de autoritarismos (y su primo mocho, el totalitarismo) son moneda corriente entre los diferentes frentes en pugna, conviene que revisemos un poco el significado histórico de la idea de autoridad, con el objetivo de poder discriminar con mayor precisión qué es lo que se están disputando; tal vez así sea más sencillo saber de qué lado quiero estar.
Al revisar el significado etimológico de la palabra “autoridad”, probablemente convencido de que en los orígenes terminológicos se encuentra la verdad inmaculada, descubrimos que la noción emerge durante Imperio Romano . La autoridad (auctoritas) proviene del latín “augere” que, si bien en su significado literal significa “aumentar”, también está estrechamente vinculado al campo semántico del “crecimiento”, de la “creacion” como posibilidad inherente. En la auctoritas radica una posibilidad inmanente vinculada a la creación; la auctoritas es, en este sentido, una facultad propia de las deidades. Sólo los dioses crean a conveniencia y parecer, caprichosa e injustificadamente.
Por otra parte, el “Augur” (misma raíz) era el sacerdote que podía augurar el futuro, esto es, aquel que podía adivinar cual sería la voluntad de los dioses a partir de los indicios mundanos (como el canto, vuelo o comportamiento de las aves). De aquí que el más importante de los emperadores romanos, Octavio, sea siempre recordado como Divus Augustus o Imperator Caesar Augustus, aquel que está en contacto con esa facultad y/o voluntad superior de los dioses y, por ende, aquel que mejor sabrá obrar para el bien común. Entonces, el auctor (de auctoritas), es ese individuo capaz de crear y tomar la iniciativa en tanto que jefe, padre, amo o juez - esa capacidad creativa derivaría tanto en Autor como en Actor-.
La historia y sus avatares produjo una paulatina diseminación de la auctoritas imperial en favor de un senado que, con el tiempo, dejo de ser una instancia de mera recomendación para erigirse con una facultad cercana a la orden (del estilo de la que un soberano imparte a un lego). Con la caída del imperio de occidente en manos de los bárbaros, la auctoritas pasaría a manos de la Iglesia (heredera de la estructura jerárquico-institucional Romana). Ahora, el poder radicaba en ser la representación mundana de la voluntad del ahora único creador o auctor, Dios.
Con el tiempo, la secularización política catapultó a la Ley como la nueva e inefable auctoritas; todos recordamos la hermosa sentencia Hobbesiana, “Auctoritas, non veritas, facit Legem”, la autoridad, y no la verdad, hacen a la ley. En este sentido, la Ley conserva un aspecto fundamental de la auctoritas eclesiástica: la insondable prioridad del hablante (Dios y ahora el legislador) en desmedro del contenido o el mensaje impartido. Al igual que Dios, la Ley determina, con independencia de “lo que dice”, qué es lo que está bien y que no. Existe una preeminencia del lugar de donde proviene un enunciado de autoridad por sobre el contenido de éste, estrechamente vinculado a la facultad de augurio que tenía el pronunciamiento Imperial (Contra esta idea, expresada en el medioevo por la autoridad papal como criterio de verdad, luchará Lutero). Todos hemos sido víctimas de la irracional autoridad cuando frente a un “¿pero por qué?”, la respuesta paterna/materna era “!Porque lo digo yo!”. La autoridad está caracterizada por este sesgo racionalmente incontestable. En otras palabras, resulta siempre irrelevante, en términos de sostén de la autoridad, qué es lo que se dice ya que se pondera quién es el que lo dice.
Mucho se ha discutido sobre este concepto clásico de autoridad en la contemporaneidad (Ver Weber - http://es.wikipedia.org/wiki/Max_Weber- y Kojeve - http://bogieliterario.blogspot.com/2006/01/la-nocion-de-autoridad-de-alexandre.html-), sin embargo, convendrá terminar este breve recorrido con la definición que propone Wikipedia, la Biblia del SXXI: la autoridad es una “responsabilidad que se ha delegado a aquellos que tienen un oficio dentro del pueblo, pues este oficio ha sido conferido justamente para proveer y capacitar al pueblo en orden a ejercer su responsabilidad”.
Volviendo al debate por la Ley de Medios y en tiempos en donde todo parece debatirse en un plano polarizado de libertad u opresión, parece indispensable comprender qué papel ocupa cada uno de los contendientes. En la actualidad, mientras que los medios de comunicación se hacen voceros de una pretendida verdad revelada, el Gobierno pierde altura política creyendo que debe reaccionar frente esa supuesta imparcialidad informativa. Nadie podrá discutir con buenos argumentos que los medios de comunicación auguran futuros decimonónicos en términos de pseudo-monarquías imposibles, que construyen (o crean) los posibles escenarios políticos, que definen agendas de prioridad social, que instalan problemáticas o debates, etc. Al mismo tiempo, nos sorprendemos cuando el gobierno augura sociedades mediatizadas, intelectualmente sedadas, como víctimas imbéciles de la determinación maquiavélica de voluntades primermundistas o sujetas a brazos ideológicos de grupos económicos malvados. Así, en este escenario, la mentira tiene dos caras: la de los medios que proclaman “libertad de expresión” y la del Gobierno que pregona “derecho a la información”. La responsabilidad que hemos delegado está en disputa. La propuesta de cada pandilla se divide en, por un lado, la defensa de la (supuestamente) inexpugnable libertad de prensa y, por el otro, la conciencia social-ciudadana (viciada de pseudo-patriotismo revolucionario).
El marco de las luchas implacables y encarnizadas que presenciamos en los últimos días pone de manifiesto que se juega algo más que una Ley de medios. En el tapete se está por definir quien se hará portavoz de la “nueva” (pero siempre vieja) autoridad. Nosotros, vos y yo, somos como el soltero/a codiciado/a de un terriblemente malo reality show. Tenemos que elegir entre dos malas opciones y eso, más que elegir, es condenarse. Sin embargo, cualquiera sea nuestra decisión, habrá que ser concientes que no existe posibilidad alguna de organizar un conglomerado humano con independencia de algún tipo de autoridad. Ella está siempre en juego y, una vez que se pronuncia, de nada sirve la razón y las discusiones teóricas. Siempre estaremos sometidos a la verdad impugnable que proponga.
Será cuestión de fijar(nos) qué lugar queremos ocupar como sujetos pretendidamente autónomos frente a una Ley que resulta imprescindible - dada la caducidad de la actual y más allá de cualquier valoración partidista-, recordando siempre que no existe tal cosa como la libertad una vez que hacemos uso de ella.
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