OTRO FETI CHE

© Patrick Thomas Ilenó
En una segunda aproximación a este feti che les traigo un texto del periodista y escritor chileno Rafael Gumucio, que habla un poco sobre quien contribuyó a instalar la dictadura más amada por quienes aman la democracia y los derechos humanos.
En el texto que lleva por título “El bello y el feo“, el autor contrapone al estético y amado Che con el antiestético y vilipendiado Abimael Guzmán.
Y sí, el rosarino tenía una pinta bárbara, por lo que se merece las infinitas reproducciones.
El bello y el feo
¿Qué habría pasado con el Che si hubiese sido gordo, con la nariz ganchuda, o si hubiese usado lentes poto de botella? Habría pasado quizás lo que con Abimael Guzmán, un revolucionario de verdad, un verdadero estratega, una verdadera inteligencia leninista que por culpa de su poco agraciado físico es universalmente despreciado y olvidado. Abimael no peleaba como el Che en el frente de batalla, no compartía el pan con sus combatientes porque sabía que jugar a ser un héroe es todo lo contrario de serlo. Planificaba encerrado en su biblioteca -al menos así lo describe Santiago Roncagliolo en su apasionante libro “La cuarta espada”- bombas, asesinatos y acciones armadas. No posaba para la foto, no daba la mano a ningún mandatario, sólo hacía la guerra en medio de las montañas. La misma guerra que el Che en Bolivia, con una mezcla de inexperiencia y testarudez, hizo fracasar por completo. La vida del Che es una sucesión de fracasos engalanados por un solo éxito: la Revolución Cubana, donde fue sólo un soldado a las ordenes de un genio estratégico llamado Fidel Castro. En todos sus fracasos, -el Congo, Bolivia, la economía Cubana-, el Che estuvo solo, de líder absoluto. Una y otra vez fueron sus ideas y sus obsesiones las que hicieron fracasar. Del fracaso más total, sin embargo, no extraía más que lecciones equivocadas que le permitían fracasar aún más estrepitosamente en el nuevo empeño. La belleza física, ese accidente genético nada socialista, es lo único que convierte en trágica esta figura eminentemente cómica. Un argentino perdido en una tribu africana que se burla de él en una lengua que el pobre rosarino no entiende. Un combatiente “clandestino” que es descubierto en Bolivia por su aficción a sacarse fotos y dejarlas tras de sí. Ni el Che era un santo laico que tomó las armas sólo por indignación ante la pobreza, ni Abimael un demente sediento de sangre. Los dos eran intelectuales de clase media víctimas de la moda. Dos profesionales medios en un mundo mediocre, que leyeron mal libros malos, y que creyeron que una nueva administración audaz de la violencia podía lograr la anhelada -y necesaria- revolución social. Ni uno ni el otro era malo o bueno, los dos estaban cruelmente equivocados, los dos eran ciegos, pero uno era buen mozo y otro era feo. Por eso tendemos a pensar que el gordo era cruel, que el flaco nos iba a perdonar y querer, de triunfar su revolución. Nos gusta pensar que el legado de Guzmán es una montaña de calaveras arrancadas a machetes y olvidamos que el foquismo, la teoría revolucionaria del Che, produce aún hoy en Colombia miles de muertos y cientos secuestrados. El Che era bello, por lo que -nunca se exagera la superficialidad de la izquierda- debía ser bueno. Abimael era feo, por lo tanto era cruel. Admirador, el feo, de China, una dictadura que tiene el mal gusto de evolucionar; admirador de Corea del Norte, el bello, una dictadura que tiene la simplicidad de permanecer idéntica a si misma. La belleza del Che aumenta a nuestros ojos a la luz de su fracaso. Es bello el Che porque lo matan bellamente, pero también porque su muerte libera a la burguesía de izquierda del dilema de ver cómo el triunfo de la revolución los desaloja, como el combatiente mata a sus padres o a sus inquilinos. Bello el Che, entonces, porque Cristo muere antes de envejecer, pero bello porque su muerte mata la revolución, porque su cuerpo agujereado por las balas nos libera de toda una posible victoria.La izquierda mundial -sobre todo la europea- confunde la estética y la ética. Cree que es la pobreza lo que la espanta, cuando más bien le gusta la forma, el color de su espanto. Cree que ama al hombre nuevo, cuando ama en él la vieja virilidad, la que necesita una metralleta para afirmarse a sí misma. Piensa, de manera primaria, que la estética lleva a la ética, o que la ética los obliga tarde o temprano a la estética. Ignoran, o fingen ignorar, que estas dos dimensiones se contradicen. Que lo bello no es necesariamente bueno, que lo bueno no es necesariamente bello. Nada hay más bello, por ejemplo, que el fracaso, que la muerte. Nada puede ser éticamente más cuestionable que la belleza del fracaso que arrastra consigo a miles de seres humanos, muertos, fusilados, confundidos, torturados. Bella es la Habana, pero terrible, y bella la Florencia de los Medicis pero injusta. El fracaso nos parece bello, porque sobre el podemos al infinito comentar, fabricar, suponer. La revolución del Che, vive en su muerte bellamente. Es bella porque está muerta, y se murió porque le importo más ser bella que ser efectiva. No resulto, murió, se hizo héroe, imagen, fantasma. Su misma belleza nos impide hacernos cualquier pregunta ética. Son ésas preguntas las que el feo de Abimael Guzmán, con su traje a rayas, su jaula, su número en el pecho, nos remueve. Guzmán nos devuelve el horrible rostro de esa revolución que casi se toma Lima. El Che nos libera al revés de ese peso. Nos aleja de la posibilidad misma de transformar la realidad, decorando simplemente nuestras conciencias de la idea de otro mundo, un jardín en que respirar, un patio en que evadirnos cuando el trabajo nos aplasta. Abimael y su fealdad nos recuerda que ese otro mundo está en nosotros, que no queda en el cielo de los bellos, sino en el averno de los monstruos. En nuestra propia conciencia enjaulada, que tiene a veces el mal gusto de intentar ganar, vive esa pesadilla que quería justicia, esa crueldad que quería salvarnos.
1 comentario
No estoy muy de a cuerdo, solo en parte. Primero que con belleza nomás no hubiese llegado tan lejos, el tipo era muy culto y supongo que muy seguro de sí mismo. No cualquiera es lider.
Sobre los dos tipos de heroes que comparas, me quedo con la del Che. Encerrado en su cuartel general a uno le puede cambiar su propia realidad con la verdadera realidad, el Che estaba en el frente viviendolo él mismo.
Otra es que si uno quiere que las cosas se hagan, y que se hagan a su modo, lo mejor es poner las manos en el asunto.
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