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PERSPICACIA LIPEMANÍACA - I

Cristo con la Cruz a cuestas - El Bosco - 1510-1535

Cristo con la Cruz a cuestas - El Bosco - 1510-1535

La noche anterior se había ido a la cama ofuscado y un poco impaciente como casi siempre. Por suerte para él, en esta oportunidad sabía perfectamente por qué: suele someterse a una de esas discusiones sin horizonte a las que nos acostumbra el ocio y las ganas de vomitar verdades inconclusas, irresolutas y sin otro sustento que el afán de proseguir con el carnaval de sentencias grandilocuentes.


El tema en esta oportunidad tenía que ver con el hambre y la desigualdad en el mundo. Pero hubiese sido igual si se tratara de la xenofobia, la guerra, el pirronismo político, la destrucción del patrimonio cultural, etc. Básicamente, y como suele suceder, la discusión derivó en temas conocidos por todos nosotros como el trabajo infantil, la falta de educación y el rol de guardián de los países denominados del primer mundo.
Sus cálculos le dicen que si está leyendo estas líneas después del primer párrafo de nada sirve que se reconstruyan los argumentos ya que Ud., él y  yo, sabemos que siempre giran en torno de los mismo escandalosos ejes, a saber, “hay que garantizar la igualdad de posibilidades para todos”, “las condiciones materiales hoy posibilitan la manutención del total de la humanidad y en el hecho de que no se satisfagan dichas necesidades radica la mayor tragedia de la humanidad”, “el verdadero holocausto se lleva a cabo desde las primeras “luces” de la ilustración”. Bla, bla…
Hoy a la mañana, mientras repasaba y reposaba mentalmente sobre algunas de las discusiones cómodamente desde la cocina de su casa, miraba la taza de leche girar en el microondas. De pronto, se dio cuenta que, desde la tostada con manteca hasta el dvd - pasando por el lavarropa y el colectivo que tomaría para su actividad semanal-, todo conspiraba contra el mundo ideal que siempre emerge al final de las discusiones estilo: “Que lindo sería un mundo más igualitario y justo para todos, no?”.
¡No! Mentira. Demagogia. Hipocresía. Un mundo igualitario supondría la eliminación de la posibilidad de pensar en términos de un mundo más igualitario. Pero, “¿cómo puedo decir eso?”, preguntó su inconsciente interlocutor ingenuo e intelectualmente sedado. “No se trata de una declaración de principios”, se respondió velozmente. “Es una consecuencia lógica del universo en el que vivimos”.

Entonces, basta de masturbaciones idealistas encubiertas en una supuesta higiene moral profesada en cada discusión, en cada bar bolche o en cada sobremesa de mantel blanco, medio pasados en alcohol y achuras (de vivir en Bavaria serían frankfurters y cerveza).
Toda nuestra “humanidad” está sostenida en aquellos a quienes dedicamos alguna que otra discusión mensual, con suerte. Suponer que podríamos prescindir de su miseria y su inhumano estilo de vida es suponer que abandonaremos nuestras series de TV, nuestros autos, colectivos, aviones, camperas de cuero, nuestros cumpleaños. Vayamos más lejos, deberíamos estar dispuestos a abandonar nuestros baños matutinos super calientes de 20´, nuestra pasta de dientes “protección total”, nuestros viernes a la noche de joda, nuestros mensajes de texto. Más lejos todavía: sería decirle adiós a nuestras Lunas de Miel, a nuestros asados en familia, a nuestros delirios amorosos, a las novelas policíacas, a nuestro amado pensamiento científico, a nuestra democracia, a la libertad. En un mundo igualitario para todos, deberíamos utilizar la misma ropa (heredada) toda la vida. Cultivaríamos nuestra propia comida y no tendríamos vacaciones.

Cada acto de humanidad antropocéntrica se sostiene sobre un suelo en donde sobreviven hombres y mujeres, trabajando en condiciones infrahumanas para que nuestros intelectuales y líderes carismáticos tengan la ropa sofisticada (made in china, Turkey o lo que sea), con la que dan con el look necesario para influenciar imberbes mentes proto-neo-revolucionarias, mientras beben un sabroso café espresso, recolectado por jornaleros, y fuman el cigarro, cosechado por aborígenes.

Todas nuestras eyaculaciones idealistas terminan en los rostros de las jóvenes tailandesas víctimas de la industria de turismo sexual. Toda nuestra verborragia pseudo-comprometida y fatalista es un cuento siniestro para los miles de niños que aparecen en cadenas de contribución 0-800 (“Adopte un niño en Namibia, limpie sus culpas por 3USS al mes”). En el mundo en el que vivimos murieron 100 niños innecesariamente en lo que va de su lectura de este texto. Uno cada 3 segundos. Ahí va otro…

No desespere. Así como el parásito no sufre al matar al árbol sobre el que descansa su posibilidad de existencia, nosotros debemos cobrarnos la vida de cientos de miles de personas todos los años, sólo para que yo escriba estas líneas cargadas de una supuesta verdad revelada o maltrecha erudición. Sólo para que Ud. las lea; para criticar o para regalarse un momento de reflexión antes de seguir respirando como solamente puede y sabe.

Nuestro consuelo es soñar con un futuro que encuentre la estrategia para solucionar estas incómodas cuestiones. Un futuro en donde, seguramente, seremos condenados por personas que dirán que estos tiempos estaban caracterizado por la crítica estructural paralizante y la falsa conciencia.

En cuanto a él, a Ud. o a mí, en última instancia nos queda enfrentarnos con esta verdad y abandonar el fariseísmo; desenmascarar el escandaloso precio que a nuestros ojos, todavía culposos de moral religiosa y/o trascendentalista, tiene la vida que llevamos día a día.

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