LA TRAGEDIA COMO PARABOLA DE LA EXISTENCIA

Adolph Gottlieb - Eyes of Oedipus - 1945 -
La Tragedia Griega es sin lugar a dudas una de las expresiones artísticas mas influyentes de la historia de la humanidad. A diferencia de otras manifestaciones reveladoras (el arte rupestre por ejemplo), la tragedia convivió con el hombre occidental desde su formación y coincidió con el advenimiento de la filosofía tal como la comprendemos hoy (intentar hacer una reflexión acerca de esta relación sería “morderse la cola”) ¿Cómo explicar su influencia si, hasta nuestros días, se sigue teorizando y releyendo obras que fueron, en el mejor de los casos, leídas y traducidas por otros hombres, hace más de 2000 años?
Existen miles de comentarios sobre los miles de temas que la tragedia suscita pero, en principio, queremos rescatar y detenernos en una de las sentencias más provocadoras de Von Baltasar(http://es.wikipedia.org/wiki/Hans_Urs_von_Balthasar) en su libro “Gloria, una estética teológica”. Allí se afirma que “el enigma de la frontera entre Dios y Hombre es el tema de la tragedia”. Esta sentencia parece ser simplemente una opinión acerca de un rol teológico-cívico-propedéutico, sin embargo, el problema entre Dios o “la trascendencia” y el Hombre o “la inmanencia”, se erige como uno de los problemas filosófico-metafísicos más importantes.
En la actualidad, consideramos que el hombre adquiere una concepción del mundo relacionada directamente con las facultades de sus funciones percipientes. En otras palabras, vemos en color y en perspectiva ya que nuestros ojos nos lo permiten. En la antigüedad, el “plexo de acontecimientos mundanos” era el resultado de voluntades celestiales o criaturas supranaturales; considerábamos que el devenir de las cosas era producto de causas que, al mismo tiempo que resultaban inaccesibles a nuestro entendimiento, tenían orígenes y razones superiores. Sin embargo, ¿cómo hablar entonces de “libre albedrío”, “autoconciencia”, “razón”, “inconciente”? ¿Cómo explicar nuestro accionar en el mundo? ¿Por qué hago lo que hago? O para los pragmáticos ¿para qué hago lo que hago? (para nuestros amigos los materialistas: ¿para quién hago lo que hago?). En todos los casos, existe una acción y la pregunta acerca del porqué de esa acción; el drama es que esa acción es siempre, y en última instancia, una acción significativa y significadora.
Acertadamente Von Balthasar dice que “el tema” que aborda la tragedia es la relación que el hombre mantiene con Dios, o para transportarnos al universo teológico de los griegos, con los dioses. Los cuestionamientos que se hacen varios de los personajes en Edipo Rey, tienen que ver con esa incognoscibilidad que tenemos del devenir de las cosas. Para Edipo, la pregunta sobre su destino se resume a la pregunta sobre la voluntad operante e instrumentadora de los dioses. Vincular las acciones y acontecimientos con algún tipo de trascendencia constituye un rasgo propiamente Griego; son ellos quienes explicaban la mecánica del mundo en términos de un intervencionismo divino. En la teogonía, el mundo es ilustrado como el escenario en donde la deidad hacía y deshacía a medida, voluntad o capricho.
Aún cuando esta idea del mundo, como sujeto a voluntades divinas, es una de las concepciones centrales heredadas por el mundo occidental (bajo la forma de religiones monoteístas) la tragedia inspira reflexiones eclécticas; tal vez el tema de la relación con la deidad sea sólo una cara de la moneda. En la actualidad, resulta insuficiente reducir el tema de la tragedia al enigma de la relación Dios-Hombre, especialmente en sociedades ávidas de verdades científicas como las nuestras. ¿Qué es entonces lo que nos eriza la piel en el Siglo XXI acerca de la tragedia? ¿Qué, lo que provoca que se sigan poniendo en escena representaciones de las más diversas? ¿Qué, finalmente, que haga que no podamos entendernos sino como un reflejo de estos “hombres inventados” hace más de 2500 años?
El tema de la tragedia, hoy, es el de nuestra discapacidad para entender, y el de nuestra soberbia para pensar que nos corresponde la comprensión acabada, resuelta, clara. Lo exiguo de una comprensión finita sobre un universo infinito nos lleva a sostener explicaciones injustificadas frente a lo inconmensurable: “el señor me espera al final”, “es un camino de ida”, “todo tiene un porqué” o la siempre peligrosa “sólo se vive una vez” – la ley de la conservación de la ignorancia nos imposibilita desalojar falsas creencias y pseudo-problemas.
Dios, Zeus, Pachamama, etc., todos están ahí; espectadores inventados de nuestra gran tragedia humana. En un desdoblamiento de nuestro patetismo, nos vemos reflejados en el padecer de estos personajes que sucumben frente a la indeterminación de los hados. Sófocles nos ofrece una salida: arrancarnos los ojos, para no ver, para no construir paraísos telúricos en donde instanciar nuestras humanidades; simplemente dejarnos, abandonarnos, volar, como una hoja a merced del impulso del viento: ese es, finalmente, el destino de Edipo.
La tragedia nos cuenta historias de las que ya conocemos el desenlace, centrando la atención en el desarrollo, siempre sufrido, que lleva a lo inevitable, a lo nuevamente certero. El tema de la tragedia no es otro que el de la finitud, la muerte, pero como parábola de la vida. Al igual que Edipo, todos conocemos el desenlace final de nuestra existencia. Aún sabiéndonos para la muerte, pongamos atención en cómo elegir que ella nos encuentre. Su “verdad” se pondrá de manifiesto en el dolor que representa abandonar nuestra irrevocable necesidad de instituir, de controlar y de saber, en definitiva, de qué se trata vivir.
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