UNA VISIÓN LITERARIA

Cabeza de Mujer leyendo
Existe en la Literatura, y en general en casi todas las cosas en la vida, un prejuicio tácito acerca de que hay una manera “buena” y una manera “mala” de leer - en el sentido de corrección de significado. Hay cierta idea de protocolo en la literatura; nos referimos concretamente a la idea de que la buena lectura estará vinculada a la lectura acertada. Pero entonces, ¿Qué significa una lectura acertada? ¿Hay que suponer alguna intención por parte del creador literario que debemos captar? ¿Significa que debemos ser capaces de entender el mensaje que nos ha sido legado mediante una obra literaria? Más importante aún, si no llegamos a entender lo que el texto “quiere decirnos”, ¿significa que no sabemos leer?
Borges piensa que Poe se equivoca cuando afirma que no hay algo como “la inspiración” y que la creación poética, en sentido amplio, es un acto intelectual. Sin lugar a dudas, si Poe se refirió a la creación literaria de esa manera, es porque él mismo concebía su propia producción como un ejercicio intelectual. Aquí, la idea de que hay algo que el escritor pretende darnos, un producto, el suministro de un “plus” que se supone explícito y concientemente legado se mantiene. En terminología literaria, se trata del fondo, como contraposición a la forma. El autor nos interpela a pensar dejando de lado la forma, la apariencia, y a valernos de lo que podría pensarse como el contenido, lo esencial o profundo. Pareciera en este sentido, que es en la esencia oculta o no visible de un texto en donde cohabita su elemento más importante. Así, sólo quienes “sepan” leer el contenido esencial de la obra, la habrán leído bien. Quienes no lleguen a la interpretación adecuada, quedarán expulsados del mundo representacional que supone una obra determinada, y por ende, no serán “dignos” de tal lectura.
Aunque estamos exagerando con estas sentencias elitistas y cuasi expulsivas, sin dudas existe algo del orden de la institucionalización o de la legitimidad literaria a la que todos estamos sometidos. Difícil resultaría afirmar y sostener frente a un auditorio que “Las confesiones” de Rousseau, por ejemplo, no es una obra autobiográfica. Menos aún que “El reino de este mundo” no pertenece al género “realismo mágico”. Esto significa que la lectura y la interpretación son exclusivamente patrimonio comunitario; esto es, toda lectura es social y construida culturalmente. Si leer a Felisberto Hernández resulta exasperante, deberemos ocultar nuestra agonía por tantos giros inexplicables y someter nuestro entendimiento a las interpretaciones eruditas de aquellos que “saben” lo que quiso decir en tal o cual cuento. ¿Cómo es que lo saben? La respuesta es sencilla y hasta obvia: como toda disciplina, existen “profesionales” que han estudiado y por ende están capacitados para darnos la respuesta correcta frente a una incertidumbre determinada; sólo existen lecturas “de nicho”, socio-culturalmente adquiridas, en donde el escritor es sólo un catalizador que se expresa en la creación literaria.
Por suerte, como en muchas respuestas “evidentes”, esto no es verdad. Lo que nos pueden suministrar los especialistas es, en el mejor de los casos, materia literaria: historiografía, información lingüística, precisiones bibliográficas, etc., que por supuesto, tendrán que ver con la interpretación que podamos hacer de tal o cual creación poética. Nada de esto implica un agotamiento de la obra literaria como expresión artística. Por el contrario esto sólo constituye un ejercicio preliminar; la “buena” lectura no termina en el conocimiento de sus aspectos satelitales.
Leer “bien” está vinculado con la capacidad de entrar en relación con una obra literaria. Si, como dice Borges un tanto hegelianamente, el escritor no es más que un “vocero”, un canal o medium para que aquello que está circulando entre nosotros se ponga de manifiesto en la creación artística, entonces la obra es tanto nuestra como de su productor. Existe algo que nos interpela, un plus producto de nuestra interpretación en conjunción con la lectura socialmente construida. La literatura nos ofrece la realidad objetivizada en un sistema complejo de relaciones formales (es allí donde los “Eruditos literarios” pueden ayudarnos), y los escritores son, como dice Magris, “cronistas de lo efímero, sobre lo cual ellos proyectan una luz de eternidad”. Lo literario no busca comunicar un mensaje claro y concreto ni un pensamiento por imágenes, que haya que captar. La literatura nos ofrece mas bien una “visión”, una experiencia irreducible, vinculada con lo mas íntimo del hombre.
Si pensamos acerca de lo que podríamos denominar “leyes de la percepción”, podríamos afirmar que, básicamente, nos vemos perceptualmente estimulados por la novedad. El asombro, lo desconocido, y al mismo tiempo, el placer, aquello que satisface alguna necesidad. Con el tiempo, nuestros sentidos se acomodan y transforman la novedad en cotidianeidad, en hábito. La ballena y sus saltos ornamentales resultan maravillosos durante los primeros minutos, nada más. ¿Cuántos atardeceres a la orilla del mar toleraría nuestra mente ávida de novedad? Aquí emerge la literatura y el arte en general en toda su potencia emancipadora.
Mientras que la vida “desaparece” en la rutina, en la automatización de nuestra relación perceptiva con los objetos, los hábitos, las mujeres/hombres, el miedo, el placer, etc., la literatura da vida. La literatura nos ofrece una “visión”, no en términos de reconocimiento de una cosa sino como una singularización de la vida. Con la literatura logramos suspendernos, abandonarnos en un plano prolongado, sempiterno. Con el paso del tiempo, las obras literarias abarcan universos simbólicos cada vez más grandes, conformados por los aportes múltiples, diagonales y espontáneos de cada lector. Como en la teoría de conjuntos de Cantor, estos universos infinitos, coexisten con conjuntos comunes y disímiles entre ellos, construyendo series infinitas cada una con características propias y compartidas. En los clásicos de la literatura, las experiencias humanas son liberadas del automatismo perceptivo y se abren paso al universo representacional de cada comunidad, de cada tiempo, de cada lector. La literatura no trae consigo un mensaje que captar, ni una comprensión que obtener. Por el contrario, su objetivo es antipedagógico en el sentido en que el único orden del arte es el de transgredir el orden.
Las interpretaciones son sin duda sociales. Las investigaciones académicas nos acercan instrumentos para entender dimensiones concretas de una obra determinada. La historia nos ofrece un soporte concreto del tiempo. Pero sólo la lectura íntima y honesta nos transporta a ese universo que cada lector construye para sí mismo y con la obra (de todos). Por eso sentimos que compartimos algo especial con alguien que no conocemos cuando sabemos que compartimos lecturas. Ese “plus” está vinculado al efecto que tal obra produjo; ya no importa si repercutió de la misma manera, si entendimos “lo mismo”. Su valor radica en el sentimiento de hermandad que, subrepticiamente, permanece latente e incomunicable.
La literatura no está reservada (o al menos no debiera estarlo) a nadie, ni posee requisitos de admisión; el mundo en el que nos sumerge es un mundo plural, democrático e infinito. La literatura es en ese sentido semánticamente inestable: en esa inestabilidad radica su magia, y su encanto.
“La diferencia entre la inteligencia y la estupidez
Reside en el manejo del adjetivo,
Cuyo uso no diversificado
Constituye banalidad…”
E.M. Cioran - Breviario de Podredumbre
2 comentarios
Que post espectacular. Tiene pasajes brillantes. Lo que puede la filosofía.
bellísimo. gracias
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