LA TÍA DE CHILE (LAS VELADAS EN CHILE)

De acuerdo a la última encuesta Adimark, la aprobación a la gestión de la Presidenta de Chile, Michelle Bachelet, ascendió a un 74% en junio. De acuerdo a estas cifras, Bachelet se convierte en uno de los gobernantes más populares del mundo, dato que no deja de sorprender cuando hace sólo un par de años esta misma encuesta la situaba con la tasa de desaprobación más alta de todos los presidentes de la Concertación (la coalición que gobierna el país desde el fin de la dictadura). En ese entonces la derecha se pasaba la lengua por los bigotes saboreando las elecciones de este año. Ahora, les entró el cuco.
Agosto del 2007 fue el peor momento para la actual presidencia de Chile. Después de las manifestaciones de los “pinguïnos” (los escolares, por los uniformes) que ya la habían dejado a mal traer, el estreno del flamante Transantiago en febrero del 2007 – el nuevo sistema de transporte público de la capital – fue como agarrarla a patadas en el piso. Feo. Las nuevas micros (bondis) funcionaron tan mal que Santiago estuvo al borde de la rebelión. Me acuerdo un día en que unos tipos llevaban tanto tiempo esperando la micro que al final decidieron tomarse una, se subieron y entre todos amenazaron al chofer que si no los llevaba adonde querían lo molerían a palos. Al pobre no le quedó otra que hacer caso.
Volviendo al tema, después del Transantiago la popularidad de la Presidenta estaba por el piso. ¿Qué pasó entonces en 2 años para que alcanzara los actuales niveles de aprobación?
Primero que nada, hay que entender que la figura de Bachelet va mucho más allá de su puesto. Y muchos chilenos no la juzgan por sus políticas o sus programas, sino que por su personalidad. Bachelet nos cae bien. Es una gordita simpática, sonriente, tierna. Es nuestra tía, y yo creo que si me la encontrara preferiría que me diera un agarrón en la mejilla a que me diera la mano. Visita a niños y abuelitos, está presente cuando hay emergencias (lluvias en el Sur, el volcán Chaitén…), y sobretodo, se percibe franqueza en su preocupación.
Pero no es sólo su apariencia y su aparente sinceridad, es también su historia. Como lo señaló el eminente analista Jaime Peirano (un amigo con el que conversé del tema), Bachelet es un símbolo de unidad, de reconciliación. Su padre, un general de la Fuerza Aérea leal a Allende, fue torturado hasta la muerte después del golpe de estado. Ella misma vivió en la clandestinidad, luego fue arrestada y torturada en Villa Grimaldi, antes de partir al exilio a Europa.
Hoy, lejos de reivindicar su historia con un discurso agresivo hacia quienes fueron responsables de la muerte de su padre o el sector político que los apoyó, se ha convertido en un estandarte de la reconciliación. Pese a que se hable poco del tema, todo el mundo conoce su historia y siente simpatía por ella.
La llegada de Bachelet a la presidencia fue un símbolo de que hay cosas que están cambiando en el país. De que la sombra de la dictadura y todo lo que simbolizaba había por fin desaparecido. Una víctima directa, una perseguida, gobierna ahora el país y – sobretodo – parece no guardarle rencor a quienes la persiguieron.
1 comentario
Mica, me resulta súper interesante la recuperación de la imagen de Bachelet. Esto demuestra que un Gobierno puede corregir sus errores y enmendarse frente a la sociedad, siempre y cuando adopte una actitud humilde y conciliadora.
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