LA DEMOCRACIA PROCESADA

El concepto “judicialización” de la campaña (o de la política) suena inocente, inocuo, casi como una categoría politológica. O como una herramienta de campaña, innoble pero validada por la costumbre, a la que recurren las fuerzas políticas, en general, como último recurso cuando las encuestas intimidan. Y sin embargo, para mí, utilizar a un juez corrupto para desprestigiar a un candidato o para, en el peor de los casos, buscar proscribirlo, es un escupitajo contra las instituciones y un cachetazo doloroso en las mejillas de la democracia. Ahora la sociedad asiste, absorta, a una embestida de este tipo contra De Narváez. Obvia y burda. Tan burda que sólo alguien con dos dedos de frente o que roce el analfabetismo puede creer que el juez corrupto está procediendo apegado a derecho.
“Judicializar” la campaña responde a los reflejos antidemocráticos que subyacen en la clase política, reflejos que surgen de concebir a la democracia, a veces, como una imposición molesta. Reflejos que derivan de generaciones y generaciones que crecieron entre gobiernos hegemónicos de corte autoritario, gobiernos institucionalistas que aceptaban que el movimiento que representaba a medio país no pudiera presentar candidatos, y gobiernos falangistas y asesinos. Nuestra democracia es adolescente, no es todavía mayor de edad, y a veces, como durante esta campaña, le salen granos con mucho pus. Además, qué mal le hacen a la república jueces que hace rato deberían estar en la cucheta de al lado de alguno de sus condenados.
1 comentario
que buena la ropa de esa tienda
excelente foto!
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