MARIJÚ: YO, LA UNICA DE TODAS

Ayer leí en el diario: La ex secretaria de Medio Ambiente María Julia Alsogaray deberá devolver al Estado 3.179.207 pesos. Ese es el monto, según la Justicia, de su enriquecimiento ilícito durante los años que integró el gobierno de Carlos Menem.
Una buena noticia, pensé: un político corrupto (en este caso una política) fue sentenciado por un tribunal, y deberá devolver al menos una parte del dinero que se apropió indebidamente del estado. Sin embargo, también me quedó una sensación amarga.
Me deprimió pensar que se trata del único caso de este tipo en nuestro país. ¿Esto significa que Argentina tiene un nivel de corrupción extraordinariamente bajo? ¿Nuestro país se compara con, por nombrar algunos de esos seudo-paraísos del imaginario colectivo, Suiza o Dinamarca? La respuesta es simple y contundente: No. En nuestro país la impunidad de la corrupción es total.
Un dato frío, tomado de La Nación, resulta revelador: De las 508 causas por enriquecimiento ilícito tramitadas en la justicia federal, en los últimos ocho años, Alsogaray es la única condenada. (nota: o sea, el 0,2%).
A la luz de estas estadísticas, Marijú tal vez se pregunte: “¿Por qué a mi?”. ¿Se trata de algún tipo de persecución política contra la hija del adalid del Liberalismo argentino? Claro que no. Para hablar en lenguaje liso y llano, cayó el único perejil sin banca para evitar el procesamiento judicial.
A la justicia también le sirve procesarla para mostrar ALGO de actividad. Por supuesto, la obscena ostentación del lujo menemista al que se entregó la funcionaria durante los 90 la convirtió en el símbolo de la corrupción de esa década, y muchos tal vez buscan esconderse o lavar sus culpas con su procesamiento.
Mas allá de Maria Julia, la corrupción es un mal endémico en nuestras sociedades. No sólo tiene efectos devastadores sobre la confianza de la gente en la política y las instituciones, sino también muchos estudios revelan que la generalización de prácticas corruptas en un país se correlaciona con el aumento de la pobreza de su población.
Pero no se trata de un problema exclusivo de políticos y gobernantes. En un paper publicado recientemente, Alejandra Catterberg y Alejandro Moreno señalan: “el desarrollo reciente de la democracia en América Latina ha estado acompañado por sonados escándalos de corrupción. La corrupción es altamente visible cuando tales escándalos adquieren estado público, pero el hecho es que un tipo de corrupción más silencioso, y quizás más endémico, está arraigado en las actitudes de la gente y en sus necesidades materiales.”
Todos los ciudadanos tenemos una responsabilidad en la materia, lo que no significa que seamos culpables. Un primer paso necesario es no tolerar la corrupción ni en sus más mínimas expresiones de la vida común. En mi facultad, muchos carteles decían “el cambio se hace desde abajo”. Probablemente tengan razón.
2 comentarios
Excelente Post. Durísimo lo del o,2%. Lo que también me parece tristísimo es que análisis de este tipo - duros, secos, reveladores - no sean publicados en algún mass media y tengan que contentarse con blogs. Sin impunidad no habría corrupción o no tanta. A esta altura, si bien debe haber muchos jueces y políticos honestos, las prácticas corruptas trascienden cualquier ideología.
Gracias Eneas. Los medios de comunicación en general difunden los escándalos y obligan a la justicia a actuar. Lamentablemente, los procesos judiciales a corruptos suelen durar lo que dura la cobertura periodística. Para mí la clave está en tener una justicia independiente…para lo cual necesitamos un Consejo de la Magistratura independiente…para lo cual necesitamos un cambio en la composición del Congreso…para lo cual necesitamos votar de otra manera, estar más atentos y dejar de tolerar la corrupción. Seamos sinceros, el “roba pero hace” es un pensamiento internalizado que muchas veces sostenemos sin darnos cuenta. De todas formas, no espero muchos milagros. Esta situación claramente no va a cambiar de la noche a la mañana.
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