OBAMA, LA TORTURA Y JACK BAUER

Recientemente, Barack Obama declaró que los responsables de las torturas realizadas a detenidos por terrorismo podrían ser juzgados. Este anuncio marca un cambio en la relación que EEUU construyó en relación a la tortura luego del trauma del 11-S. En paralelo, también se observa una evolución en la representación de este tema en las producciones de Hollywood.
Tradicionalmente, en las películas y series americanas, la tortura era practicada por los “malos” y padecida estoicamente por los heroicos protagonistas. Un clásico ejemplo es Rambo, quién es torturado por los comunistas - los enemigos nacionales de aquél entonces. Era impensable, o al menos políticamente incorrecto mostrarlo, que las “fuerzas del bien” pudieran rebajarse a tan viles procederes. Por supuesto, la Casa Blanca apoyaba todo tipo de regímenes dictatoriales de derecha, pero eso no se veía en las pantallas.
Luego de los atentados del 11 de septiembre, los norteamericanos se plantearon la disyuntiva de qué hacer con este nuevo tipo de enemigos, que no responden a una nación en particular, y están dispuestos a dar la vida antes que entregarse.
El principal problema: los terroristas ideológicos tradicionales por lo general deseaban vivir para ver su causa realizada, mientras que los terroristas religiosos ven en la muerte el paso necesario para la recompensa prometida. Ante esta situación, ¿cómo hacer que un terrorista confiese la ubicación de una bomba que matará a miles de inocentes, si ni siquiera la muerte lo asusta? ¿Es justificable la tortura en estas condiciones? Militares, políticos y medios de comunicación comenzaron a mostrarse más abiertos a la tortura. Y buena parte de la sociedad estadounidense también: según una encuesta realizada en diciembre de 2005 por TNS y publicada por ABC News/Washington Post, un tercio de la población consideraba aceptable el uso de la tortura en personas sospechadas de terrorismo.

Sin embargo, esto no podía suceder sin que el país se viera confrontado a un profundo dilema moral. Hollywood es rápido para captar estas turbaciones sociales, y rápidamente las pantallas se vieron repletas de escenas de torturas en las situaciones más variadas, con la novedad que ahora eran los “buenos” los que la practicaban. Claro está, no por placer, sino obligados por circunstancias que los superaban. Siempre se imponía el frío y despiadado cálculo: torturar a uno, incluso ante la duda que sea realmente culpable, afín de salvar a muchos.
Los mejores ejemplos de este fenómeno pueden encontrarse en las dos series televisivas de mayor éxito en los últimos años: 24 y Lost. En la primera, se da el caso más extremo. Jack Bauer es un agente contraterrorista dispuesto a realizar las acciones más nefastas con el objetivo de salvar vidas norteamericanas. El fin justifica los medios es el mensaje con el que metrallan constantemente.
Según Dahlia Lithwick, de la revista Newsweek “Bauer encuentra una bomba a punto de estallar en promedio 12 veces por temporada. Teniendo en cuenta que cada temporada representa un período de 24 horas, esto significa que Bauer encuentra alguien a quién torturar 12 veces al día. Los interrogadores profesionales saben que la información obtenida por medio de la tortura es muy poco confiable. Sin embargo, Jack no sólo consigue la verdad, sino que lo hace antes del comercial.” El éxito que obtuvo esta serie - actualmente se emite la séptima temporada - causó que altos mandos militares se mostraran preocupados por el efecto que estaba teniendo sobre los jóvenes reclutas y pidieran a los productores que limitaran las escenas de tortura.

En el caso de Sayid, uno de los protagonistas de la serie Lost, se trata de un ex soldado de Saddam Hussein. Luego de la caída del dictador iraquí, el ejército de EEUU fuerza a Sayid a llevar adelante estas prácticas con sus antiguos compañeros. La alusión a la cárcel de Abu Graib - que representó un duro golpe a la ilusión de la liberación iraquí que intentaba vender el Gobierno de Bush - es clara. Una vez en la extraña isla en donde transcurre la historia, Sayid se dedica a su viejo oficio, y en ocasiones incluso menos extremas que las de su colega de 24 - primero para obtener medicamentos ocultos, luego para averiguar la verdadera identidad de un hombre.
Tanto Jack como Sayid solían manifestar algún tipo de conflicto moral con las aberraciones que estaban cometiendo. De otro modo, sus personajes perderían la simpatía de la audiencia. Pese a ello, la justificación ideológica de sus acciones, que los guionistas transmitían a través de los hilos argumentales de sus respectivas series, seguía presente.
En los últimos tiempos, sin embargo, se nota cierto cambio de posición en el tratamiento de la tortura en ambas series. En el caso de Jack, en la más reciente temporada su personaje fue sometido a una investigación del senado, y debió comparecer en una de esas famosas audiencias. Luego, en sus andanzas contra los distintos tipos de terroristas que se le cruzan, sus métodos son cada vez más cuestionados y ya no se ven las escenas de tortura con la frecuencia de temporadas anteriores. En cuanto a Sayid, el remordimiento y la culpa son cada vez mayores (fanáticos atrasados tranquilos, no voy a contar más nada…).

Estos cambios en la representación de la tortura y de los personajes que las llevan adelante en las series más vistas de la televisión estadounidense revelan un cambio de tendencia en la opinión pública norteamericana. Es probable que con la aparición de la crisis y la profundización de sus efectos, los estadounidenses estén actualmente más preocupados por perder su empleo que por sufrir un ataque terrorista. En este contexto, el miedo que dio el sustento social a la tortura como parte de la lucha antiterrorista pierde terreno y comienza a oírse con mayor fuerza las voces de sus detractores.
En todo caso, es saludable que Obama haya decidido enfrentar este tema y remediar una de las tantas papas calientes que le dejó su antecesor.
0 comentarios
Pedí la palabra en esta velada.
Dejá tu comentario